Grupo psicoanalítico europeo de estudio sobre :  las causas del iletrismo

 

Iletrismo psicoanálisis y topologíaM

SOBRE EL INCONSCIENTE Y EL LENGUAJE : UNA INTRODUCCIÓN A LACAN  http://www.psicologia.unt.edu.ar

Autor: Juan Camuña. Ficha de la cátedra “Psicoanálisis (Freud)”.

 


 

 

 

I -  Graffittis en el muro

“Tenemos, pues, el plano del espejo, el mundo simétrico de los ego y de los otros homogéneos. De él debe distinguirse otro plano, que llamaremos el muro del lenguaje.

El lenguaje sirve tanto para fundarnos en el Otro como para impedirnos radicalmente comprenderlo. Y de esto precisamente se trata en la experiencia analítica.

El sujeto no sabe lo que dice, y por las mejores razones, porque no sabe lo que es”(1).

El ser humano ocupa un particular lugar en el mundo, en la medida en que no posee una relación directa con el mismo, o con lo que podríamos denominar  la “naturaleza”, de la que se encuentra separado por un “muro”,  que Lacan denominó como el “muro del lenguaje”.

Sabemos que existen personas, objetos, ideas pero este conocimiento sólo es aprehensible por medio del lenguaje que hace las veces de mediador, introduciendo al símbolo como creador de la realidad propiamente humana, y despojando al sujeto de una relación “instintiva” o “natural” con el mundo. “El símbolo se manifiesta en primer lugar como asesinato de la cosa”(2), con lo que el lenguaje establece un ordenamiento en la experiencia humana que Lacan denominó como orden simbólico y que, anudado a lo imaginario y lo real, conforma la estructura subjetiva del hombre.

El hombre se encuentra apresado por el lenguaje, rodeado por las paredes del muro (del que, en el caso más favorable, nunca saldrá), aunque no por esto es un ser pasivo: también habla, y su discurso muchas veces lo desconcierta: no entiende lo que dice, le extrañan sus sueños, sus síntomas, dice más (o menos) de lo que quiere decir, verdaderos graffittis del discurso, en los que Freud supo escuchar la verdad del deseo inconsciente del sujeto a través de sus formaciones (sueños, chistes, síntomas neuróticos, actos fallidos, fantasías).

Será a partir de la experiencia freudiana y de los aportes de otras disciplinas (tomaremos, para nuestro desarrollo, a la lingüística estructural) que Lacan podrá enunciar uno de sus postulados fundamentales: el de que “El inconsciente está estructurado como un lenguaje”*. En la explicación de esta tesis consistirá el desarrollo del presente trabajo.

 

II— La Lingüística Estructural de Ferdinand De Saussure

“Del lenguaje se ocupa la lingüística”, podríamos decir. De hecho, fue de un tenor similar la objeción que los lingüistas le formularon a Lacan, como veremos más adelante. Pero puede decirse, con absoluta justicia, que la lingüística como ciencia, la lingüística moderna, debe su estatuto y sus blasones a Ferdinand de Saussure, creador de la lingüística estructural y sin el cual no hubiera habido lingüistas en condiciones de refutar a Lacan.

Muy lejos queda nuestra intención de presentar toda la teoría  de de Saussure; sólo abordaremos aquellos aspectos fundamentales, que hicieron de su obra uno de los referentes ineludibles para comprender los desarrollos de Jacques Lacan. A los lectores interesados en ampliar esta temática remitimos a la clásica obra “Curso de lingüística general”, que se consigna en la bibliografía del presente trabajo.

En primer lugar, de Saussure establece una clara diferencia entre lengua y habla, señalando que el objeto de estudio de la lingüística es la primera.

La lengua es un hecho social y consiste en un sistema de signos de significado convencional, y de igual valor para todos los miembros de la comunidad que la utiliza. El valor “universal” de la lengua permite la comunicación entre las personas, lo que sucede por medio del habla, a la que definiremos como el uso individual de los signos.

Señaladas estas diferencias, abordaremos ahora un elemento que encontramos tanto en la lengua como en el habla: el signo, verdadero articulador entre estas dos dimensiones, y por ello estructural en el lenguaje, el signo se sitúa en la base misma, en el fundamento del lenguaje (ningún elemento contingente podría servir de nexo entre lengua y habla, que son, como dijimos, las dos dimensiones que adquiere el lenguaje).  Dice de Saussure: “Lo que el signo lingüístico une no es una cosa y un nombre, sino un concepto y una imagen acústica. La imagen acústica no es el sonido material, cosa puramente física, sino su huella psíquica, la representación que de él nos da el testimonio de nuestros sentidos”. Unión que, además, es arbitraria: “El lazo que une el significante al significado es arbitrario; o bien, puesto que entendemos por signo el total resultante de la asociación de un significante con un significado, podemos decir más simplemente: el signo lingüístico es arbitrario.

Así, la idea de sur no está ligada por relación alguna interior con la secuencia de sonidos s-u-r que le sirve de significante, podría estar representada tan perfectamente por cualquier otra secuencia de sonidos. Sirvan de prueba las diferencias entre las lenguas y la existencia misma de lenguas diferentes: el significado «buey» tiene por significante bwéi a un lado de la frontera franco-española y böf (boeuf) al otro, y al otro lado de la frontera franco-germana es oks (Ochs)” (3).

El gráfico siguiente nos muestra la estructura del signo:

Sdo     =    Concepto

______-;;;----_______

Sgte          Im. Acúst.

 

En este gráfico, la barra representa la unión indisoluble entre significado y significante.

Es en la comunicación en donde entran en juego los tres elementos destacados: un sujeto (que hace las veces de emisor) selecciona signos de la lengua y los combina mediante el habla, constituyendo así un mensaje dirigido a otro sujeto (receptor). La estructura de la comunicación podría graficarse de la siguiente manera:

 

E               M               R

 

Naturalmente, la comunicación sólo es posible si los signos poseen ya un valor predeterminado e igual para todos los sujetos, valor que está establecido por la lengua (dimensión sincrónica del lenguaje) y que por ello posibilita que el habla (dimensión diacrónica) se transforme en comunicación.

 

III— Lacan y el “inconsciente estructurado como un lenguaje”

Señalar que el lenguaje es el fundamental creador de la realidad humana no es poco; pero descubrir y señalar cuál es la estructura del mismo supone un paso decisivo. Es lo que hizo de Saussure.

Considerar al hombre como un ser racional, con conciencia de sí mismo, de su ser y su finitud, capaz de organizar su existencia mediante una abstracción –las leyes- es destacar un hecho sin parangón en la naturaleza; pero demostrar que la razón y la conciencia son sólo un ínfima parte del sujeto y que los “puntos claves” de la existencia humana se ven sobredeterminados por un sistema –el Inconsciente– desconocido para el yo, supone un paso decisivo en la consideración de la Humanitas. Es el que dio Freud.

 

Lacan orientará su búsqueda teórica desde la obra freudiana –el psicoanálisis- hacia el lenguaje –de Saussure mediante–, en pos de determinar cuál es la relación entre los dos factores claves de la existencia humana (el inconsciente y el lenguaje).

El primer paso es obvio: el sueño, el lapsus, el chiste, el síntoma neurótico son fenómenos de lenguaje, tal como lo resalta Lacan: “La función de la palabra sólo puede explicarse al definir el campo del lenguaje. Esos dos términos son el título de un discurso que pronuncié en Roma, en 1953, y del cual surge mi escuela después de muchas dificultades.

Mi escuela es freudiana, y eso no debe extrañar, ya que demostré claramente que los testimonios aportados por Freud de la existencia del inconsciente, de los sueños, de los lapsus y ocurrencias, sólo son interpretables sobre el texto de lo que se dice a través de la palabra del propio interesado. Este es un hecho patente en las tres obras que Freud ha escrito sobre cada uno de esos temas y que constituyen el punto de partida de su «pensamiento»”(4). Referencias como éstas son innumerables en la obra de Lacan, pero sólo nos aproximan a la cuestión planteada, indicando que las formaciones del inconsciente son hechos de lenguaje. La pregunta, entonces, subsiste: ¿de qué manera se articulan estas dos estructuras –inconsciente y lenguaje?

En primer lugar, notamos que, cuando del inconsciente se trata, no es aplicable la relación establecida por de Saussure entre significado y significante a partir del signo lingüístico, dado que el sentido de, por ejemplo, un sueño, es singular, individual, válido únicamente para el sujeto que lo soñó (por ello es que no se puede hablar de un “simbolismo” onírico). Este hecho contrasta con la “universalidad” del signo, con el valor que posee el signo para toda la comunidad que lo utiliza, a partir de la lengua común.

Un solo ejemplo nos bastará para demostrar lo expresado: el sueño freudiano conocido como la “Mesa redonda”.

Dice el contenido manifiesto de ese sueño: “Varias personas comiendo juntas. Reunión de invitados o mesa redonda... La señora E.L. se halla sentada junto a mí, y coloca con toda confianza una de sus manos sobre mi rodilla. Yo alejo su mano de mí, rechazándola. Entonces dice la señora: «¡Ha tenido usted siempre tan bellos ojos!...» En este punto veo vagamente algo como dos ojos dibujados o el contorno de los cristales de unos lentes...”(5) 

¿Qué quiere decir este sueño? Está fuera de toda duda que el relato de su sueño por parte de un sujeto constituye un hecho de lenguaje, mas: ¿cómo aplicar la estructura del signo en este caso? ¿Cómo aplicar el significado sobre el significante, siendo que, precisamente, el significado se escabulle por todos lados, sin dejarse aprehender? ¿Cómo decir qué es lo que significa este sueño con la fórmula del signo? Desde luego, poseemos el recurso de afirmar que “los sueños” (o los lapsus, o los síntomas, etc.) “son fenómenos absurdos, carentes de sentido y no merecen, por tanto, nuestra atención ni nuestro interés”. Atajo disponible hasta que el maestro vienés lo cerró, demostrando que todos los fenómenos mencionados poseen una lógica y un sentido, perfectamente comprensibles luego de realizado su análisis. Porque el punto clave es éste: los sueños (o cualquier formación del inconsciente) poseen un sentido, dicen algo, son un mensaje, tal el descubrimiento de Freud. Pero el primer psicoanalista llega a esta conclusión por medio de una vía sorprendente, insólita hasta ese momento: las ocurrencias espontáneas de sus pacientes. La asociación libre, regla técnica fundamental del psicoanálisis, consiste en que el paciente (el analizante) diga lo primero que se le ocurra, sin previa reflexión ni crítica, con lo que se produce un material en apariencia azaroso, pero que a partir de la interpretación del analista va resignificándose y “ordenándose”, con lo que comienza a aparecer en el discurso del sujeto un sentido desconocido para él mismo hasta ese momento, pero que, paradójicamente, le es propio. Con ello, entramos ya en el terreno del inconsciente que podemos considerar como un discurso incomprensible para el yo, un mensaje que necesita ser traducido para comprender su texto, labor que sólo es posible a partir del psicoanálisis.

Con estas premisas claves, Lacan realiza su lectura de de Saussure de la que extrae una conclusión fundamental: el significante posee una radical supremacía por sobre el significado, siendo el segundo un efecto del primero.

Podemos apreciar que Lacan conserva los dos términos introducidos por de Saussure en el signo lingüístico, pero invertidos:

Significante (S)

______________

significado (s)

 

En donde la barra representa la separación estructural entre significante y significado.

 

Lo que nos lleva a considerar qué es, para Lacan, un significante. Sabemos ya que para de Saussure era la imagen acústica, la representación mental del concepto; mas, Lacan lo definirá de un modo diferente: “un significante es lo que representa a un sujeto para otro significante”*. Definición ésta, a primera vista, un tanto extraña pero sostenida por una solidez lógica (y clínica) que veremos a continuación.

 

Retomemos el sueño freudiano de la mesa redonda. El contenido manifiesto no nos arroja ninguna luz sobre el significado del mismo, aunque no deja de ser una representación mental: un significante. Representación que sólo va aclarando su sentido en la medida en que se le asocian otras representaciones (es decir, otros significantes) que van constituyendo una cadena, “lógicamente eslabonada”, que es lo que Freud denominó como cadena asociativa. En el ejemplo mencionado, “mesa redonda” es un significante que representa a Freud, pero no para otro sujeto, sino para otro significante: la mujer, la deuda, la paternidad, el amor, son algunos de los significantes que se destacan en la larga serie asociativa que se desprende a partir del contenido manifiesto del sueño, y que va aclarando el significado del mismo. Por ello, otra forma de definir al significante es la de mencionarlo en términos de una cadena, a partir de la cual se va gestando, retroactivamente, el significado. En base a estas consideraciones, el esquema inicial que introducimos para explicar la teoría de Lacan (significante sobre significado), se vería corregido y precisado de la siguiente forma:

 

S1—S2—S3—S4—Sn

significado

 

Si el significante es una cadena, se deduce que son necesarios al menos dos significantes, para producir un efecto de sentido. Un síntoma neurótico no es, inicialmente, un significante; pero si al síntoma se agrega alguna asociación que, retroactivamente, aclara su sentido, estamos ya en la dimensión del significante. Isabel de R. acude a Freud derivada por un médico, que la diagnostica como histérica. Sus síntomas eran dolores en las piernas y dificultades para andar, cuyo origen no era orgánico. ¿Qué sentido tiene este síntoma? ¿Qué mensaje expresa? Imposible saberlo, se nos presenta como un jeroglífico similar al contenido manifiesto de un sueño. Mas la labor de análisis arroja algunas luces que permiten leer y comenzar a comprender el texto que un síntoma constituye. “Dolores en las piernas, dificultad al andar” (sgte 1) se asocia con “lo sola que estaba” (sgte 2) (stehen significa en alemán tanto “estar” como “estar en pie”)  en ocasión de una serie de infortunios familiares. Se asocia, además, con “el sentimiento de su «impotencia» y la sensación de que «no lograba avanzar un solo paso» en sus propósitos” (sgte 3) de reconstruir la felicidad familiar, etc.(6) En este ejemplo podemos apreciar cómo el significado se constituye retroactivamente, como efecto de la cadena significante. Que no hay primacía del significado se demuestra por el hecho de que un síntoma similar en su forma en dos sujetos, posee un significado diferente para cada uno de ellos.

 

Propiedades del significante

Para finalizar este punto, destacamos que el significante posee dos propiedades: la materialidad y la combinación. Con materialidad hacemos alusión a que cada significante es diferente de los demás y es éste hecho el que posibilita la relación de los mismos, es decir, su combinación. De este modo, las propiedades del significante hacen que éste se exprese, estructuralmente, en forma de una cadena: lo que Freud denominó como la “cadena asociativa”, que no es otra cosa que la puesta en juego del discurso (inconsciente) del sujeto.

Finalmente, estas propiedades del significante están relacionadas con las figuras retóricas del lenguaje: la materialidad se articula a la metáfora, y la combinación a la metonimia, figuras retóricas que se constituyen, además, en las leyes del lenguaje, como veremos más adelante.

 

La “puntada”, “puntos de capitón” o “puntos de almohadillado”. El punto de basta

De lo expresado hasta acá surge un interrogante: ¿el deslizamiento de la cadena significante es indefinido? Lacan sostiene que no, y para explicarlo introduce los conceptos de puntada, o puntos de capitón; y el de punto de basta.

Antes de proseguir, consideramos oportuno introducir una cita, que explica con mucha claridad qué es un punto de capitón: “Es lo que se conoce en tapicería como capitoné. Ingenuamente uno pensaría que esos botones aparecen cosidos uno a uno y esto sería análogo a los signos en el sentido saussureano. En verdad el capitoné no se hace así, sino que se trata de un entrecruzamiento de hilos que por tensión producen las depresiones en la superficie, también llamadas puntos de almohadillado. Lo que hay que retener es que todos estos puntos se producen simultáneamente al tirar de los hilos y no uno a uno. La puntuación de una frase es análoga a la tensión de los hilos; tiene por resultado el abrochamiento del sentido que resulta retroactivo y que se presenta como una unidad. Ejemplifiquemos:

Un.

Un hombre.

Un hombre bien.

Un hombre bien parecido.

Un hombre bien parecido al mono.”(7)

El discurrir de la cadena significante no es infinito ni tampoco azaroso; si las ocurrencias del sujeto no nos aportan, al principio, claridad alguna, de a poco van, interpretación del analista mediante, “ordenándose” en un sentido lógico, en el que puede ya leerse un discurso, un mensaje, estructurado por el inconsciente del sujeto. Freud expresa, con respecto a la cadena asociativa, que “los pensamientos mismos van formando, con admirable docilidad, cadenas lógicamente eslabonadas, en las cuales se repiten como centrales determinadas representaciones” (8). Estas representaciones centrales tienen una estructura metafórica, cuyo efecto es dar un sentido a las demás representaciones. Son los puntos de capitón. En el sueño de la mesa redonda, que ya mencionamos anteriormente, los puntos de capitón son las ideas que tienen que ver con la deuda, la mujer, el amor; en el análisis de ese sueño nos da la impresión de que todas las representaciones “desembocaran” en dichos temas, que de este modo producen un efecto de puntada, resignificando  el discurso del sujeto y estableciendo su sentido. Pero Lacan habla también de un punto de basta, que implica una detención de la cadena significante, “el punto de basta por el cual el significante detiene el deslizamiento, indefinido si no, de la significación” (9). En el sueño freudiano que nos va sirviendo de ejemplo, encontramos este punto de basta, precisamente en el momento en que Freud expresa que “En el tejido cuya trama nos descubre claramente el análisis podría yo ahora separar más los hilos y demostrar que van a unirse todos en un nudo único; pero consideraciones de naturaleza no científica, sino privada, me impiden llevar a cabo en público tal labor”(10). El acceso a las representaciones inconscientes reprimidas determina, según Freud, el efecto de sentido que adquiere el discurso del sujeto una vez realizado el análisis; efecto de sentido que da una última puntada al discurso (el punto de basta), resignificando toda la cadena significante, y deteniendo el deslizamiento de la misma.

En conclusión, significado y significante, las dos dimensiones que estructuran al lenguaje, y que de Saussure articula en el signo lingüístico, son retomadas por Lacan quien las sitúa en otra articulación, precisamente invierte la fórmula saussuriana y demuestra la supremacía del significante por sobre el significado.

 

Significado o Efecto de sentido

Hasta este momento nos hemos manejado con un término que pertenece, en realidad, al campo de la lingüística: el significado. Lo vimos como un efecto de la cadena significante, como lo que se constituye al final del deslizamiento significante y es singular, particular para cada sujeto. Al ser, de esta manera, sumamente variable, Lacan intenta sustituir la “rigidez” que transmite el concepto de significado en tanto se ve relacionado con la “inmutabilidad” del concepto, cuando en psicoanálisis se trata de la singularidad del deseo, y de cómo éste se constituye y expresa a través del significante (que, como vimos, es siempre parte de una cadena). Decíamos, así, que Lacan busca reemplazar el término “significado” por otro que exprese mejor lo que es el resultado dela cadena significante. A tal fin, emplea el concepto de “significancia” al principio y también al final de su obra. En el transcurso de ésta, utiliza también los términos de “significación”, “efecto de significación” y “efecto de sentido”. Nos inclinamos por este último, dado que la “significación” se establece entre lo imaginario y lo simbólico, quedando así lo real elidido; en tanto que el sentido es el efecto de una intersección entre lo simbólico y lo real, en el que se diluyen los efectos imaginarios. Aunque no desarrollaremos el tema de los tres registros (sólo estamos exponiendo una introducción al orden simbólico) y su interrelación, nos importaba dejar establecido en qué contexto y dentro de qué límites hablamos de “significado”, y porqué nos parece más atinado su abordaje en términos de un efecto de sentido.

Ahora bien: ¿estas diferencias que vamos marcando desde la teoría lacaniana nos indican que de Saussure estaba equivocado? De ninguna manera. El signo es una realidad, constituye un hecho, y si la teoría saussureana trae aparejada una verdadera revolución en la lingüística es porque logra ordenar ciertos fenómenos en un contexto conceptual que los explica convenientemente, adquiriendo un status verdadero y rigurosamente científico.

Sin embargo Lacan tampoco estaba equivocado y la subversión de la teoría saussureana que éste realiza debe situarse en un eje mucho más amplio: el de la subversión freudiana que, precisamente, invierte la valoración que el hombre poseía de sí mismo hasta ese momento. Antes de Freud, dotado de razón y conciencia, y por ello dueño de sí, de su ser, de su voluntad; después de Freud, “un extranjero en su propia casa”, sobredeterminado por el inconsciente, verdadero sistema que marca, sin que el sujeto (el yo) lo sepa, el sentido de su existencia.

 

Explicaremos esta diferencia de un modo más metodológico y conceptual: la teoría saussureana se encuentra limitada a lo que Freud llamó “proceso secundario” y que recordaremos, se caracteriza por un tipo de energía ligada, que trae aparejada una identidad de pensamiento. Las consecuencias son evidentes: si mencionamos la palabra “casa”, cada sujeto se representará un “lugar donde viven las personas”: unión entre significado y significante, posibilitada por la identidad de pensamiento y que consiste en que la energía psíquica permanece ligada a una representación determinada, sin que se desplace permanentemente a otras representaciones.

Otro caso es el de los procesos primarios, que son inconscientes, y en los cuales la energía fluye libremente de una representación a otra mediante desplazamientos y condensaciones, y en los que Freud encuentra una “identidad de percepción”. Las consecuencias de este “libre fluir” de la energía a través de las representaciones son situar al significado como contingente, y como efecto de la cadena significante: “La casa es hermosa” nos revela un significado que se transforma por completo sólo con un ligero desliz, un pequeño desplazamiento: “La caza es hermosa” ya posee otro sentido, dado que condensa otra serie diferente de ideas.

Lacan y de Saussure se sitúan, en síntesis, en dos órdenes diferentes: uno se ocupa del inconsciente –el analista– y otro del yo –el lingüista–.

 

Metáfora y metonimia

Otro de los fundamentos es adoptado por Lacan en base a la sugerencia de su amigo Roman Jakobson, lingüista ruso de la Escuela de Praga, y contemporáneo del analista francés.

Jakobson, si bien está lejos de desautorizar a De Saussure, centra su interés en aspectos que van más allá del signo lingüístico, y sostiene que el lenguaje se organiza de acuerdo con dos grandes ejes: el paradigmático y el sintagmático. Desarrollaremos brevemente cada uno de ellos.

El eje paradigmático es el eje de las sustituciones, lo que indica que, en el registro de la lengua, podemos encontrar términos equivalentes intercambiables entre sí (podemos decir “mesa redonda” o “mesa circular”), lo que abre la posibilidad de sustituir una palabra por otra. Es el eje en el que se sitúa la metáfora: si decimos que “un manto negro envolvió a la luna”, estamos sustituyendo un significante por otro, ya que la palabra “noche” no aparece mencionada, aunque conserva una relación con el significante anterior. Ahora bien: ¿cómo logramos discriminar que este “manto negro” es la noche y no, por ejemplo, una nube? Para ello es necesario considerar la ubicación de este significante en la cadena, en su relación con los que lo preceden y los que le siguen, y esto ya nos lleva al eje sintagmático del lenguaje.

 

El eje sintagmático es el de las combinaciones, se sitúa en el habla, y la figura retórica que le corresponde es la metonimia. Si hablar es establecer relaciones entre significantes, la metonimia es definida como “la parte por el todo”: si decimos “poner la mesa”, se entiende que el sentido apunta a colocar el mantel, servilletas, platos, cubiertos, etc., a efectos de almorzar o cenar; se apunta a la relación entre varios elementos unidos en contigüidad, aunque sólo se mencione uno, incluido “en presencia” (la mesa). Otras formas que adopta  la metonimia son aquellas en que se  mencionan como “el autor por la obra” (por ejemplo, “leer a Freud”) o el “continente por el contenido” (por ejemplo, “tomar un vaso de agua”). En estos casos encontramos también una asociación de elementos dada por contigüidad,  aunque la definición que expresa a la metonimia como “la parte por el todo” nos parece más abarcativa, a raíz de lo cual trabajaremos con ella.

 

Dicen los lingüistas: “Para Jakobson, la interpretación de toda unidad lingüística pone en marcha en cada instante dos mecanismos intelectuales independientes: comparación con las unidades semejantes (= que podrían por consiguiente reemplazarla, que pertenecen al mismo paradigma), relación con las unidades coexistentes (= que pertenecen al mismo sintagma). De este modo, el sentido de una palabra está determinado a la vez por la influencia de las que le rodean en el discurso, y por el recuerdo de las que podrían haber ocurrido en su lugar. (...) esta dualidad es para Jakobson de una gran generalidad. Constituiría la base de las figuras retóricas más empleadas por el “lenguaje literario”; la metáfora (un objeto es designado por un objeto semejante) y la metonimia (un objeto es designado por el nombre de un objeto que está asociado en él en la experiencia) provendrían respectivamente de la interpretación paradigmática y de la sintagmática, a tal punto que a veces Jakobson considera sinónimo sintagmática y metonímica, paradigmática y metafórica” (11).

 

Las únicas “objeciones” que quizás podríamos plantear a lo expresado en esta frase, son las de que no hablaríamos del “lenguaje literario”, sino del lenguaje en su aspecto más general; y que no mencionaríamos el término “objeto” (empleado en las definiciones de metáfora y metonimia), sino al concepto de significante. “Objeciones” que, naturalmente, no provienen de la lingüística sino del psicoanálisis y que consisten, en realidad, en una extrapolación de los conceptos de la lingüística a la experiencia psicoanalítica, con las necesarias modificaciones que esto conlleva.

 

El siguiente esquema sintetiza lo expuesto:

 

Eje paradigmático

Lengua

Sustitución

Significantes unidos en ausencia

Sincronía

Metáfora

 

Eje sintagmático

Habla

Combinación

Significantes unidos en presencia

Diacronía

Metonimia

 

En base a estos desarrollos, Jakobson sugirió a Lacan que la metáfora podría equipararse al concepto freudiano de condensación, y la metonimia al de desplazamiento.

Si bien los desarrollos de Freud con respecto a la condensación y al desplazamiento poseen algunas diferencias con los de metáfora y metonimia, podemos destacar como fundamental un punto: el de que poseen una estructura afín.

Para Freud, la condensación y el desplazamiento son las leyes que rigen el funcionamiento del inconsciente, siendo la primera una convergencia de dos o más representaciones sobre otra, a la que de este modo sobredeterminan. Para seguir con el ejemplo expuesto, señalaremos lo siguiente: el contenido manifiesto de un sueño es sumamente corto, conciso, incomprensible; mas luego del análisis, parten varias cadenas asociativas que conducen a las ideas latentes (preconscientes) del sueño, primer paso para acceder a las representaciones inconscientes, que son las que verdaderamente forman el sueño, pero que no se encuentran representadas directamente en el contenido manifiesto del mismo. Dicho de otra manera: se encuentran sustituidas por el contenido manifiesto. Recordamos que es ésta, precisamente, la fórmula de la metáfora: la sustitución de un significante por otro.

Con respecto al desplazamiento, Freud lo define como la transferencia de la energía psíquica desde una representación importante (inconsciente) a una indiferente (prec.-cc.), siendo que la metonimia es definida como “la parte por el todo”. En nuestro ejemplo, “poner la mesa” es la alusión a una parte, por medio de la cual se hace referencia a un todo. Con la siguiente observación: la referencia cae sobre lo menos importante (la mesa ya está puesta), dejando de lado lo verdaderamente importante (y que sí hay que poner: cubiertos, manteles, platos, etc., que es lo que indica la expresión citada). ¿Y en el sueño de Freud? La representación más intensa es la Sra. E.L., persona indiferente para él en la vida cotidiana, y que en el sueño manifiesto ocupa un lugar central e intenta seducirlo. De los resultados del análisis, podemos decir que la Sra. E.L. es una parte (indiferente, nimia), que se arroga la representación del todo (las representaciones inconscientes, y verdaderamente importantes): de la Sra. E.L. parten cadenas asociativas que conducen tanto al tema de la deuda como al del amor, centrales en las ideas latentes 

De este modo, si las leyes del inconsciente son equiparables a las leyes del lenguaje, concluimos que entonces “El inconsciente está estructurado como un lenguaje”, dado que obedece a sus leyes (metáfora y metonimia).

Lacan, en su teorización, conserva los términos introducidos por de Saussure en el signo lingüístico (significado y significante), aunque invertidos; y utiliza los ejes del lenguaje formulados por Jakobson (y cuyos modelos o formas retóricas son la metáfora y la metonimia), aunque aplicados al sujeto del inconsciente ($).

Este procedimiento lacaniano está sumamente fundado, ya que la lingüística y el psicoanálisis abordan dos campos diferentes (en la medida en que una se ocupa de los fenómenos que atañen al yo, la razón y la conciencia, y el otro toma a su cargo todo aquello que tiene relación con el inconsciente). No obstante, y por ello mismo, Lacan se hizo acreedor a duras críticas (muchas de ellas justificadas) por parte de los lingüistas, que le reprocharon, en resumidas cuentas, valerse de términos de su disciplina pero asignándoles un significado o un valor diferente. Por este motivo, Lacan trazó una clara diferencia entre los campos de incumbencia y los objetos de estudio de la lingüística y del psicoanálisis, aclarando que él no hacía lingüística sino “lingüistería”, término que engloba o incluye todos aquellos fenómenos de lenguaje en los que entra en juego el inconsciente. 

 

IV— “Lingüistería”

“Un buen día me di cuenta de que era difícil no entrar en la lingüística a partir del momento en que se había descubierto el inconsciente.

Por lo cual dije algo que me parece, a decir verdad, la única objeción que pueda yo formular a lo que oyeron el otro día de labios de Jakobson, a saber, que todo lo que es lenguaje pertenece a la lingüística, es decir, en último término, al lingüista.

Y no es que no se lo conceda con todo gusto cuando se trata de la poesía, a propósito de la que esgrimió este argumento. Pero si se considera todo lo que, de la definición del lenguaje, se desprende en cuanto a la fundación del sujeto, tan renovada, tan subvertida por Freud hasta el punto de que allí se asegura todo lo que por boca suya se estableció como inconsciente, habrá entonces que forjar alguna otra palabra, para dejar a Jakobson en su dominio reservado. Lo llamaré la lingüistería.

Esto deja su parte al lingüista, y también explica el que tantas veces tantos lingüistas me sometan a sus amonestaciones —desde luego, no Jakobson, pero es porque me ve con buenos ojos, o dicho de otra manera, porque me quiere, como lo expreso en la intimidad—.

Mi decir que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, no pertenece al campo de la lingüística”(12).

Desde sus dominios, situados en la lingüistería, Lacan prosigue su trabajo, aportando más desarrollos a los que ya vimos. Entre ellos, dos que presentaremos acá, sin pretender que nuestro análisis sea exhaustivo. Ellos son el “hablente” y “lalengua”.

Estos extraños términos no son más que una acentuación de las diferencias entre la lingüística y el inconsciente; pretenden dar un contenido propio a los descubrimientos del psicoanálisis, para situarlos en el contexto conceptual que se fue edificando, a partir de Freud, desde la clínica.

Y la clínica psicoanalítica consiste, en primer lugar, en ceder la palabra al sujeto para permitir el despliegue de un discurso que, al estar articulado y sobredeterminado por el inconsciente, también es extraño para el propio sujeto que habla. La función del analista será entonces la de ir operando sobre ese discurso, y lo hará también con la palabra –interpretación mediante- a fin de ir produciendo efectos de sentido en el texto del analizante. Lo cual no es sin consecuencias: el asombro, la angustia, la sorpresa, suelen acompañar el (re) surgimiento de ideas y representaciones que el sujeto posee, y que le cuesta reconocer como propias, dado que la represión implica fundar una ignorancia permanente del yo con respecto al sujeto: al crear el inconsciente la represión divide al sujeto, dejándolo en una situación de ignorancia con respecto al propio deseo que, sin embargo, insiste en reaparecer: sueños, lapsus, síntomas neuróticos “hablan” un discurso que el yo no comprende. Este sujeto que habla sin saber –sin entender– lo que dice no es entonces el “hablante”, el sujeto que se comunica con los demás en un lenguaje sin fisuras (como parecería ser el lenguaje si nos atenemos a la teoría saussuriana), sino un sujeto que habla en un “idioma” que él mismo desconoce. Lacan acuñó, para referirse al sujeto del inconsciente ($) el concepto de parlêtre, condensación entre parler (hablar) y être (ser). Desafortunadamente, no existe, en español, una traducción eficaz de este nuevo término, que conserve las resonancias del original francés. Se lo podría traducir como “serhablante”, “hablanteser”, o “hablente”. Preferimos, arbitrariamente, esta última.

Mas este hablente, dijimos, habla una lengua particular: la de su propio inconsciente, y es por ello diferente a la lengua de los lingüistas. Lacan la denominó como lalangue

(“lalengua”), homofónica a la langue (“la lengua”). En este caso, la traducción es bastante similar, aunque vale señalar que en la homofonía concluye el parecido, ya que trazan campos absolutamente diferenciados. Es por ello que Lacan enuncia que “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”, y no como “el” lenguaje: “el” lenguaje es el campo de la lingüística; un lenguaje (lalengua) ya es la entrada en el campo psicoanalítico, en tanto da cuenta del sujeto del inconsciente ($).

Lalengua es, en primer lugar, la lengua materna. Mas no es el idioma, ni la lengua de una comunidad determinada, sino la manera en que el discurso del Otro se inscribió en el sujeto, los deseos que generó, los ideales, la sexuación, las fantasías, emblemas e identificaciones que el sujeto fue incorporando, asimilando, de su relación con el Otro, en su paso por el complejo de Edipo y el complejo de castración; es la forma en que el lenguaje se inscribió en el sujeto. Provisoriamente, podríamos mencionar a los padres en el lugar de Gran Otro, aunque luego iremos precisando este punto.

De este modo, surge acá un interrogante: si lalengua que habla un sujeto es singular, ¿cómo es entonces posible la comunicación? Si cada cual habla un lenguaje, ¿qué posibilidad existe de que dos –o más– sujetos se entiendan? Basta una ligera observación sobre la realidad cotidiana para concluir que el malentendido se encuentra, siempre, a la orden del día.

Al respecto, Lacan aportó otra novedad, que trae aparejada una radical modificación de la fórmula de la comunicación establecida por de Saussure (ver página 3), al expresar que “El emisor recibe del receptor su propio mensaje en forma invertida”*. Fórmula que, en cierta manera, Freud ya había adelantado: “Cuando en el tratamiento psicoanalítico aparece una serie de ideas correctamente fundamentadas e irreprochables, surge también para el médico un momento de perplejidad, pudiendo el paciente tomar cierta ventaja al afirmar: «Esto es en su totalidad bien pensado y cierto, ¿no le parece? ¿Qué quisiera usted cambiar de lo que yo he contado?». Pero no tardamos en observar que tales ideas, inatacables por el análisis, han sido utilizadas por el enfermo para encubrir otras que tratan de escapar a su crítica y a su conciencia. Una serie de reproches contra otros nos hace sospechar la existencia, detrás de ella, de una serie de reproches de igual contenido contra la propia persona. Nos bastará entonces referir cada uno de ellos a la persona del enfermo. Este modo de defenderse contra un reproche referido a uno mismo, transfiriéndolo a otra persona, muestra algo innegablemente automático y tiene su modelo en la conducta de los niños, que siempre que se les reprocha alguna mentira responden: «El mentiroso eres tú»(13). Un fragmento del “caso Dora” puede resultarnos útil a título de ejemplo: “Acusaciones contra el padre, que le habría transmitido su enfermedad [sífilis], y detrás de ellas una acusación contra sí misma –flujo blanco, jugueteo sintomático con el bolsillo, incontinencia posterior a los seis años-, secreto que la enferma se resiste a dejarse arrancar por los médicos; todo esto me parece constituir una prueba indiciaria irreprochable de la masturbación infantil”(14). Dora acusa a su padre (enfermedad sexual transmitida hereditariamente) para evitar la autoacusación por su propia sexualidad (masturbación infantil), situando así el origen de sus síntomas en el Otro. Por lo general, podemos afirmar que la queja neurótica se refiere siempre al Otro, pero que el contenido de esta queja se ajusta al propio sujeto que la emite. Forzosamente, al ponerse en juego la dimensión del inconsciente, la comunicación es equívoca, dado que si el sujeto desconoce sus representaciones reprimidas, al emerger éstas a la conciencia son referidas al Otro en la medida en que el propio sujeto las siente como ajenas.

Gráficamente, la fórmula de la comunicación establecida por Lacan se presentaría así:

 

E           W            M            R

 

El equívoco que el significante abre nos lleva a realizar una aclaración: el término en forma de “doble ve” es, en realidad, una “M” invertida.

En un aspecto más amplio, diremos que la comunicación es equívoca porque el sentido de lo que un sujeto dice se define desde el Otro. El discurso es siempre un mensaje dirigido al Otro, pero suele existir una diferencia entre lo que el sujeto desea expresar, y lo que el Otro recibe, entiende o interpreta de dicho mensaje. Por ejemplo, si un sujeto desea halagar a una mujer por medio de un piropo y la respuesta es una bofetada, quiere decir que el mensaje no fue recibido como un piropo, sino como un insulto. Por ello, el sentido de lo que un sujeto dice es sancionado por el Otro, con lo que la comunicación no adquiere una dimensión lineal (como en la fórmula saussuriana), sino una mucho más compleja y que implica la relación del sujeto con el Otro.

 

V- El Gran Otro

El tramo final de nuestro recorrido nos lleva a uno de los conceptos centrales en la obra lacaniana, como es el del Gran Otro, introducido por el maestro francés en la clase del 25 de mayo de 1955 de su Seminario 2 (véase bibliografía).

Lacan diferencia un “otro”, escrito en minúsculas, de “Otro” con mayúsculas. Se simbolizan con una a o a’ para el pequeño otro, y con  una A para el Gran Otro  (iniciales de autre, “otro” en francés). 

El pequeño otro se sitúa en la dimensión del yo y del semejante, son los otros que tratamos a diario, cotidianamente, relación entre iguales y “de yo a yo”. La estructura de esta relación está dada por el registro imaginario, que posee una función de desconocimiento de la relación simbólica del sujeto con su deseo.

Por el contrario, el Gran Otro se sitúa en el registro simbólico, que es el orden del deseo inconsciente, el lenguaje y el significante. El término evoca resonancias freudianas de la primera época, cuando en sus inicios Freud denominaba al inconsciente como una “otra escena”, un “otro lugar” en el que se ponía en juego y en acto el deseo del sujeto. Marca también una alteridad fundamental, destaca la ajenidad y la extrañeza que el propio inconsciente le causa al sujeto; como si el sujeto estuviera dividido: por un lado, lo que sabe y conoce de sí mismo, las certidumbres yoicas con que se presenta; pero además, es como si el sujeto fuese Otro para sí mismo, en tanto los aspectos fundamentales de su ser le son desconocidos, a pesar de saberlos. En esa paradoja consiste el inconsciente: es un saber no sabido y eso es, en definitiva, el Gran Otro: uno de los nombres lacanianos del inconsciente. El sujeto del inconsciente, sujeto dividido (o sujeto barrado), se simboliza en el álgebra lacaniana, con una “ese tachada” ($).

Lo expresado hasta acá refleja sólo parcialmente el contenido  que posee el concepto de Otro, ya que éste no sólo es una definición, un modo de nombrar al inconsciente, sino que permite ampliar y precisar el alcance del inconsciente freudiano. Freud siempre remarcó que las “personas” (las comillas son, en este caso, de suma importancia, ya que se trata en realidad de representaciones) más importantes en la vida del sujeto, adquirían un valor y una significación muy elevadas sólo en la medida en que, a partir de ciertos rasgos particulares, lograban evocar algunas representaciones reprimidas en el sujeto, pasando a ser sustitutivas de éstas. Para un sujeto, entonces, ocupará el lugar del Otro quien evoque las representaciones reprimidas de su propio inconsciente. Este aporte de Lacan permite despojar al inconsciente de resonancias tales como “lo oculto”, al destacar que el deseo entra en juego en el campo del Otro.

El lector podrá haber inferido ya, probablemente, que el Otro no es, entonces, “alguien” particular, sino una “abstracción”, un lugar simbólico a ser ocupado por personajes contingentes. Al principio de este ítem dijimos que “el Otro se sitúa en el orden simbólico”, expresión que ahora corregiremos y precisaremos, señalando que el Otro es el orden simbólico, es el orden del lenguaje, que preexiste al sujeto, lo constituye y estructura, y seguirá existiendo luego de que el sujeto desaparezca. De ahí la ambición de dejar una huella, un rastro del paso por la vida que expresa la popular frase “tener un hijo, plantar un árbol, escribir un libro”: simplemente, formar parte del universo simbólico por el que transcurre la existencia humana, y que en Lacan se lee como el Otro.

Corregiremos también otra expresión utilizada, en relación a lalengua, cuando dijimos, provisoriamente, que el Gran Otro son los padres. Es ésta una verdad a medias, ya que si para un niño sus padres ocupan el lugar de Gran Otro, alcanza con considerar que estos padres tuvieron o tienen, a su vez, padres (los abuelos del sujeto), que también tuvieron padres (los bisabuelos), y así sucesivamente; con lo que, en definitiva, todos los sujetos son, en primer lugar, hijos. La genealogía sólo es posible por el hecho de que nadie es el Otro, lugar que puede, eso sí, encarnarse en diferentes sujetos. Con lo que volvemos a encontrar el hecho de que el Otro es el orden simbólico, constituyente del sujeto.

Estos últimos lineamientos que venimos trazando nos permiten señalar un punto de suma importancia: el Otro (A) no es consistente, no es perfecto; sino, por el contrario, es inconsistente, incompleto, lo que en el álgebra lacaniana se representa como A. Si el orden simbólico fuera perfecto, cerrado, seríamos como hormigas, perfectamente regulados por una estructura perfecta. En el Otro siempre faltará una respuesta, La respuesta, lo que deja un lugar al sujeto, posibilitando que él busque, por medio de su deseo, un lugar en el Otro: dado que en el Otro siempre faltará una significación, a esta significación para su deseo debe encontrarla en una búsqueda singular cada sujeto. Mas, como esta búsqueda se juega siempre en relación al Otro, Lacan dice que “el deseo del hombre es el deseo del Otro”*, en la medida en que el deseo, para hacerse reconocer, debe remitirse al Otro, al cual está articulado estructuralmente.

 

VI- Para concluir

El desarrollo precedente intenta presentarse como una introducción a los conceptos claves de Lacan, de los cuales hemos desarrollado algunos en sus puntos más relevantes, dejando su análisis exhaustivo para otra ocasión. Nos interesa destacar, sin embargo, que nuestro abordaje es por fuerza incompleto, y que cada uno de los temas tratados posee una fundamentación mucho más amplia, que por imperio de los límites que todo trabajo posee no hemos desarrollado. Queda ya en la iniciativa del lector el ahondar y corregir los lineamientos presentados en estas páginas.

Finalizamos con una cita de Lacan que, esperamos, no resultará extraña a esta altura: “El lenguaje sin duda está hecho de lalengua. Es una elucubración de saber sobre lalengua. Pero el inconsciente es un saber, una habilidad, un savoir-faire [saber hacer] con lalengua. Y lo que se sabe hacer con lalengua rebasa con mucho aquello de que puede darse cuenta en nombre del lenguaje”(15).

 

 

                                                                           LIC.   JUAN CAMUÑ

                                                                           Auxiliar Docente Graduado de la

                                                                           Cátedra “Psicoanálisis (Freud)”

 


 
Notas

(1)   Lacan, Jacques: Seminario 2 “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”, pags. 266-67, Ed. Paidós, 1991. (Las cursivas son del original; las negritas me pertenecen).

(2) Lacan, J.: “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, pag. 307; en  “Escritos”, tomo 1, Ed. Siglo XXI, 1988.

(3)   De Saussure, Ferdinand: “Curso de lingüística general”, pag. 130, Ed. Losada, 1945. (Las cursivas pertenecen al original).

(4)   Entrevista realizada a Jacques Lacan, y publicada en el libro “Freud y el psicoanálisis”, pag. 11, Ed. Salvat, 1973.

(5) Freud, Sigmund: “Los sueños” pag. 723, Ed. Biblioteca Nueva, 1981.

(6)   Freud, S.-Breuer, J.: “Estudios sobre la histeria”, pags. 118-9, Ed. Biblioteca Nueva, 1981.

(7) D’Angelo, R.; Carbajal, E.; y Marchilli, A.: “Una introducción a Lacan”, Ed. Lugar,      2000, pag. 35.

(8)   Freud, S.: “Los sueños”,  pag. 725, Ed. Biblioteca Nueva, 1981. (Las cursivas me pertenecen).

(9) Lacan, J.: “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, pag. 785, en “Escritos”, tomo 2, Ed. Siglo XXI, 1988.

(10) Freud, S.: Ibid (8), pag. 725. (las cursivas me pertenecen).

(11): Ducrot, O.; y Todorov, T.: “Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje”, pag. 134; Ed. Siglo Veintiuno, 17ª. edición, 1995.

 

(12): Lacan, J.: Seminario 20, pag. 24, Ed. Paidós, 1991.

(13): Freud, S.: “Análisis fragmentario de una histeria (caso «Dora»)”, pags. 951-2 (Las cursivas me pertenecen).

(14): Ibid, pag. 976.

(15): Ibid (11), pag. 167 (las cursivas en francés son del original).


 
Bibliografía Consultada

·- Freud, Sigmund: Obras Completas, Editorial Biblioteca Nueva, 1981.

- “Estudios sobre la histeria” (1895).

- “La interpretación de los sueños” (1900).

- “Los sueños” (1901).

- “Psicopatología de la vida cotidiana” (1901).

- “El método psicoanalítico de Freud” (1904).

- “El chiste y su relación con el inconsciente” (1905).

- “Análisis fragmentario de una histeria (caso «Dora»)” (1905).

- “Psicoanálisis (cinco conferencias en la Universidad de Clarke)” (1910).

- “El porvenir de la terapia psicoanalítica” (1910).

- “Múltiple interés del psicoanálisis” (1913).

- “La represión” (1915).

- “Lo inconsciente” (1915).

- “Lecciones introductorias al psicoanálisis” (1916-17).

- “Los caminos de la terapia psicoanalítica” (1919).

- “Autobiografía” (1925).

- “La negación” (1925).

- “Psicoanálisis: escuela freudiana” (1926).

- “Construcciones en psicoanálisis” (1937).

- “Escisión del yo en el proceso de defensa” (1940).

- “Compendio del psicoanálisis” (1940).


 Lacan, Jacques:

- “Escritos”, Editorial Siglo XXI, decimocuarta edición, 1988; y “El Seminario”, Editorial Paidós, 1991.

- “El Seminario”, Libro I “Los escritos técnicos de Freud”.

- “El Seminario”, Libro II “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”.

- “El Seminario”, Libro III “Las psicosis”. 

- “El Seminario”, Libro V “Las formaciones del inconsciente” (Paidós, 1999).

- “El Seminario”, Libro XI “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”.

- “El Seminario”, Libro XVII “El reverso del psicoanálisis” (Paidós, 1992).

- “El Seminario”, Libro XX “Aún”.

- “El seminario sobre La carta robada”, en “Escritos”, tomo 1.

- “Del sujeto por fin cuestionado”, en “Escritos”, tomo1.

- “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, en “Escritos”, tomo 1.

- “La cosa freudiana o el sentido del retorno a Freud en psicoanálisis”, en “Escritos”, tomo 1.

- “La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud”, en “Escritos”, tomo 1.

- “La significación del falo”, en “Escritos”, tomo 2.

-  “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, en “Escritos”, tomo 2.

- “Posición del inconsciente”, en “Escritos”, tomo 2.

- “La ciencia y la verdad”, en “Escritos”, tomo 2.

- “El psicoanálisis verdadero y el falso”, Revista freudiana N° ¾, Editorial Paidós, Barcelona, 1993. 

- De Saussure, F.: - “Curso de lingüística general”, Ed. Losada, Buenos Aires, 1945.

- Dor, Joël: - “Introducción a la lectura de Lacan”, Ed. Gedisa, Barcelona, 1994.

- Ducrot, O.; y Todorov, T.: - “Diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje”, Ed. Siglo XXI, decimoséptima edición, España, 1995.

- Braunstein, N.: - “Lingüistería (Lacan entre el lenguaje y la lingüística)”, Ed. Siglo XXI, México, 1982.

- Roudinesco, E.: - “Lacan”, Fondo de Cultura Económica, Colombia, 2000.

- Vallejo, A.: - “Vocabulario lacaniano”, Helguero Editores, 1987.

- D’Angelo, R.; Carbajal, E. y Marchilli, A.: - “Una introducción a Lacan”, Lugar Editorial, Buenos Aires, 2000.

- Kristeva, J.: - “El lenguaje, ese desconocido”, Ed. Fundamentos, Madrid, 1988.

- Entrevista  a J. Lacan, realizada por María José Raqué Arias, y publicada en el libro “Freud y el psicoanálisis”, Ed. Salvat, 1973.

* Las citas que aparecen señaladas por un asterisco no corresponden a un texto en particular, sino que aparecen en tantos textos y mencionadas tantas veces por Lacan, que dejamos al lector la tarea de comenzar la lectura del autor francés para encontrarse con ellas.


    

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