Lo escrito se distingue en
efecto por una preeminencia del texto, en el
sentido que se verá tomar aquí a ese factor
del discurso, lo cual permite ese apretamiento
que a mi juicio no debe dejar al lector otra
salida que la de su entrada, la cual yo
prefiero difícil. No será este pues un escrito
a mi juicio
La propiedad que concedo al
hecho de alimentar mis lecciones de examinarlo
con un aporte inédito cada vez, me ha impedido
hasta ahora dar semejante texto, salvo para
alguna de ellas, por lo demás cualquiera en su
continuidad, y al que aquí sólo es válido
referirse para la escala de su tópica
Pues Ia urgencia de que hago
ahora pretexto para abandonar ese punto de
vista no hace sino reabrir la dificultad de
que, de sostenerla en la escala en que debo
aquí presentar mi enseñanza, se aleje
demasiado de la palabra, cuyas medidas
diferentes son esenciales para el efecto de
formación que busco
Por eso he tomado este sesgo de
una charla que me fué pedida en ese instante
por el grupo de filosofía de la Federación de
los estudiantes de letras para buscar en éI el
acomodo propicio a mi exposición; su
generalidad necesaria encuentra cómo
armonizarse con el carácter extraordinario de
su auditorio, pero su objeto único encuentra
la connivencia de su calificación común, la
literatura, a la cual mi título rinde homenaje
¿Cómo olvidar en efecto que
Freud mantuvo constantemente y hasta su final
la exigencia primera de esa calificación para
la formación de los analistas, y que designó
en la universitas litterarum de siempre el
lugar ideal para su institución?
Así el recurso al movimiento
restituido en caliente de ese discurso marcaba
por añadidura, gracias a aquellos a quienes lo
destino, a aquellos a quienes no se dirige.
Quiero decir: ninguno de
aquellos que, sea por la finalidad que sea en
psicoanálisis, toleran que su disciplina se
haga valer por alguna falsa identidad.
Vicio habitual y tal en su
efecto mental que incluso la verdadera puede
parecer una coartada entre otras, de la que se
espera por lo menos que su redoblamiento
refinado no escape a los más sutiles.
Así es cómo se observa con
curiosidad el viraje que se inicia en lo que
respecta a la simbolización y el lenguaje en
el Int. J. Psychoanal., con gran despliegue de
dedos, húmedos removiendo los folios de Sapir
y de Jespersen. Estos ejercicios son todavía
novicios, pero sobre todo les falta el tono.
Cierta seriedad hace sonreír al entrar en lo
verídico.
E incluso ¿cómo un
psicoanalista de hoy no se sentiría llegado a
eso, a tocar la palabra, cuando su experiencia
recibe de ella su instrumento, su marco, su
material y hasta el ruido de fondo de sus
incertidumbres?
I. El Sentido de la letra
Nuestro título da a entender
que más allá de esa palabra, es toda la
estructura del lenguaje lo que la experiencia
psicoanalítica descubre en el inconsciente.
Poniendo alerta desde el principio al espíritu
advertido sobre el hecho de que puede verse
obligado a revisar, Ia idea de que el
inconsciente no es sino la sede de los
instintos.
Pero esa letra, ¿Cómo hay que
tomarla aquí? Sencillamente al pie de la
letra.
Designamos cómo letra ese
soporte material que el discurso concreto toma
del lenguaje.
Esta simple definición supone
que el lenguaje no se confunde con las
diversas funciones somáticas psíquicas que
le estorban en el sujeto hablante.
Por la razón primera de que el
lenguaje con su estructura preexiste a la
entrada que hace en él cada sujeto en un
momento de su desarrollo mental.
Notemos que las afasias,
causadas por lesiones puramente anatómicas de
los aparatos cerebrales que dan a esas
funciones su centro mental, muestran en su
conjunto repartir sus déficit según las dos
vertientes del efecto significante de lo que
llamamos aquí la letra, en la creación de la
significación. Indicación que se aclarará con
lo que sigue.
Y también el sujeto, si puede
parecer siervo del lenguaje, lo es mas aun de
un discurso en el movimiento universal del
cual su lugar está ya inscrito en el momento
de su nacimiento, aunque sólo fuese bajo la
forma de su nombre propio.
La referencia a la experiencia
de la comunidad como a la sustancia de ese
discurso no resuelve nada. Pues esa
experiencia toma su dimensión esencial en la
tradición que instaura ese discurso. Esa
tradición, mucho antes de que se instale en
ella el drama histórico, funda las estructuras
elementales de la cultura. Y esas estructuras
mismas revelan una ordenación de los
intercambios que, aun cuando fuese
inconsciente, es inconcebible fuera de las
permutaciones que autoriza el lenguaje.
De donde resulta que la
dualidad etnográfica de la naturaleza y de la
cultura está en vías de ser sustituida por una
concepción ternaria: naturaleza, sociedad y
cultura, de la condición humana cuyo último
término es muy posible que se redujese al
lenguaje, o sea a lo que distingue
esencialmente a la sociedad humana de las
sociedades naturales.
Pero no tomaremos aquí partido
ni punto de partida, dejando en sus tinieblas
a las relaciones originales del significante y
del trabajo, Contentándonos, para deshacernos
con un rasgo de ingenio de la función general
de la praxis en la génesis de la historia,
con señalar que la sociedad misma que pretende
haber restaurado en su derecho político con el
privilegio de los productores la jerarquía
causatoria de las relaciones de producción
respecto de las superestructuras ideológicas,
no ha dado a luz por eso un esperanto cuyas
relaciones con lo real socialista hubiesen
puesto desde su raíz fuera del debate toda
posibilidad de formalismo literario.
Por su parte confiaremos
únicamente en las premisas, que han visto su
precio confirmado por el hecho de que el
lenguaje conquistó allí efectivamente en la
experiencia su estatuto de objeto científico.
Pues este es el hecho por el
cual la lingüística se presenta en posición de
piloto en ese dominio alrededor del cual una
nueva clasificación de las deudas señala, cómo
es Ia regla, una revolución del conocimiento:
las necesidades de la comunicación son las
únicas que nos lo hacen inscribir en el
capítulo de este volumen bajo el título de
"ciencias del hombre", a pesar de la confusión
que puede disimularse en ello.
Para señalar la emergencia de
la disciplina lingüística, diremos que
consiste, caso que es el mismo para toda deuda
en el sentido moderno, en el momento
constituyente de un algoritmo que la funda.
Este algoritmo es el siguiente:
S
--
s
que se lee así: siginificante
sobre significado, el "sobre" responde a la
barra que separa sus dos etapas.
El signo escrito así merece ser
atribuido a Ferdinand de Saussure, aunque no
se reduzca estrictamente a esa forma en
ninguno de los numerosos esquemas bajo los
cuales aparece en Ia impresión de las
lecciones diversas de los tres cursos de los
años,1906-1907, 1908-1909, 1910-1911, que la
piedad de un grupo de sus, discípulos reunió
bajo el título de Curso de lingüística
general: publicación primordial para
transmitir una enseñanza digna de ese nombre,
es decir que no puede ser detenida sino sobre
su propio movimiento
Por eso es legítimo que se le
rinda homenaje por la formalización
S
s
en la que se caracteriza en la
diversidad de las escueIas la etapa moderna de
la lingüística.
La temática de esta ciencia, en
efecto, está suspendida desde ese momento de
la posición primordial del significante y del
significado cómo ódenes distintos y separados
inicialmente por una barrera resistente a la
significación.
Esto es lo que hará posible un
estudio exacto de los lazos propios del
significante y de la amplitud de su función en
la génesis del significado.
Pues esta distinción primordial
va mucho más allá del debate sobre lo
arbitrario del signo, tal cómo se ha elaborado
desde la reflexión antigua, e incluso del
callejón sin salida experimentado desde la
misma época que se opone a la corresponciencia
biunívoca de la palabra con la cosa, aun
cuando fuese en el acto del nombrar. Y esto en
contra de las apariencias tal cómo Ias
presenta el papel imputado al índice que
señala un objeto en el aprendizaje por el
sujeto infans de su lengua materna o en el
empleo de los métodos escolares llamados
concretos para el estudio de Ias lenguas
extranjeras.
Por este camino las cosas no
pueden ir más allá de la demostración de que
no hay ninguna significación que se sostenga
si no es por la referencia a otra
significación: llegando a tocar en caso
extremo la observación de que no hay lengua
existente para la cual se plantee la cuestión
de su insuficiencia para cubrir el campo del
significado, ya que es un efecto de su
existencia de lengua el que responde a todas
las necesidades. Si nos ponemos a
circunscribir en el lenguaje la constitución
del objeto, no podremos sino comprobar que
sólo se encuentra al nivel del concepto, muy
diferente de cualquier nominativo, y que la
cosa, reduciéndose muy evidentemente al
nombre, se quiebra en el doble radio
divergente de la causa en la que se ha
refugiado en nuestra lengua y de la nada (rien)
a la que abandonó en francés su ropaje latino
(rem, cosa).
Estas consideraciones, por muy
existentes que sean para el filósofo, nos
desvían del lugar desde donde el lenguaje nos
interroga sobre su naturaleza. Y nadie dejará
de fracasar si sostiene su cuestión, mientras
no nos hayamos desprendido de la ilusión de
que el significante responde a la función de
representar al significado, o digamos mejor:
que el significante deba responder de su
existencia a título de una significación
cualquiera.
Pues incluso reducida a esta
úItima fórmula, la herejía es la misma. Ella
es la que conduce al lógico-positivismo en la
búsqueda del sentido del sentido, del meaning
of meaning como denominan, en la lengua en la
que sus fervientes se revuelcan, a su
objetivo. De donde se comprueba que el texto
más cargado de sentido se resuelve ante este
análisis en insignifcantes bagatelas, y sólo
resisten sus algoritmos matemáticos que, por
su parte, cómo es justo, no tienen ningún
sentido (nota).
Queda el hecho de que el
algoritmo S/s si no podemos sacar de éI más
que la noción del paralelismo de sus términos
superior e inferior, cada uno tomado
únicamente en su globalidad, seguiría siendo
el signo enigmático de misterio total. Lo
cual por supuesto no es el caso.
Para captar su función empezaré
por producir la ilustración errónea con la
cual se introduce clásicamente su uso, donde
se ve hasta qué punto favorece la dirección
antes indicada como errónea.
La sustituiré para mis oyentes
por otra, que sólo podía considerarse cómo más
correcta por exagerar en la dimensión
incongruente a la que el psicoanalista no ha
renunciado todavía del todo, con el
sentimiento justificado de que su conformismo
solo tiene precio a partir de ella. Esa otra
es la siguiente:
donde se ve que, sin extender
demasiado el alcance del significante
interesado en la experiencia, o sea redoblando
únicamente la especie nominal solo por la
yuxtaposición de dos términos cuyo sentido
complementario parece deber consolidarse por
ella, se produce la sorpresa de una
precipitación del sentido inesperada: en la
imagen de las dos puertas gemelas que
simbolizan, con el lugar excusado ofrecido al
hombre occidental para satisfacer sus
necesidades naturales fuera de su casa, el
imperativo que parece compartir con la gran
mayoría de las comunidades primitivas y que
somete su vida pública a las leyes de la
segregación urinaria.
Esto no es solo para dejar
patidifuso mediante un golpe bajo al debate
nominalista, sino para mostrar cómo el
significante entra de hecho en el significado:
a saber, bajo una forma que, no siendo
inmaterial, plantea la cuestión de su lugar en
la realidad. Pues, de tener que acercarse a
las pequeñas placas esmaltadas que lo
soportan, la mirada paseante de un miope
tendría tal vez justificación para preguntar
si es efectivamente ahí donde hay que ver el
significante, cuyo significado en este caso
recibiría de la doble y solemne procesión de
la nave superior los honores últimos.
Pero ningún ejemplo construido
podría igualar el relieve que se encuentra en
la vivencia de la verdad. Con lo cual no tengo
por qué estar descontento de haber forjado
éste: puesto que desperté en la persona mas
digna de mi fe ese recuerdo de su infancia
que, llegado así felizmente a mi alcance, se
coloca perfectamente aquí.
Un tren llega a la estación. Un
muchachito y una niña, hermano y hermana, en
un compartimiento están sentados el uno frente
a la otra del lado en que la ventanilla que da
al exterior deja desarrollarse la vista de los
edificios del andén a lo largo del cual se
detiene el tren "¡Mira, dice el hermano,
estamos en Damas! -imbécil, contesta la
hermana, ¿no ves que estamos en Caballeros?"
Aparte de que en efecto los
rieles en esta historia materializan Ias
barras del algoritmo saussureano bajo una
forma bien adecuada para sugerir que su
resistencia pueda ser de otra clase que
dialéctica, sería necesario, y ésta es sin
duda la imagen que conviene, no tener los ojos
enfrente de los agujeros para embrollarse
sobre el lugar respectivo del significante y
del significado y no seguir hasta el centro
radiante desde donde el primero viene a
reflejar su luz en la tinieblas de las
significaciones inacabadas.
Porque va a traer la Disención,
únicamente animal y condenada al olvido de las
brumas naturales, al poder sin medida,
implacable a las familias y acosador a los
dioses, de la guerra ideológica. Caballeros y
Damas serán desde ese momento para esos dos
niños dos patrias hacia las que sus almas
tirarán cada una con un ala divergente, y
sobre Ias cuales les será tanto más
imposible pactar cuanto que, siendo en verdad
la misma, ninguna podría ceder en cuanto a la
preeminencia de la una sin atentar a la gloria
de la otra.
Detengámonos aquí. Parece la
historia de Francia. Más humana, cómo es,
justo, para ser evocada aquí que la de
Inglaterra, condenada a zarandearse de la
Punta Gruesa a la Punta Fina del huevo del
decano Swift.
Queda por concebir que estribo
y qué corredor debe atravesar la S del
significante visible aquí en los plurales con
los que centra sus acogidas más allá de la
ventanilla para llevar su codo hasta las
canalizaciones por donde, como el aire
caliente y el aire frío, la indignación y el
desprecio vienen a soplar más acá.
Una cosa es segura y es que esa
entrada en todo caso no debe implicar ninguna
sigificación del aigoritno S/s con su barra Ie
conviene.
Pues el algoritmo, en cuanto
que éI mismo no es sino pura función del
significante, no puede revelar sino una
estructura del significante a esa
transferencia. Ahora bien, la estructura del
significante es, como se dice corrientemente
del lenguaje, que sea articulado.
Esto quiere decir que sus
unidades, se parta de donde se parta para
dibujar sus imbricaciones recíprocas y sus
englobamiemtos crecientes, están sometidas a
la doble condición de reducirse a elementos
diferenciales últimos y de componerlos según
las leyes de un orden cerrado.
Estos elementos, descubrimiento
decisivo de la lingüística, son los fonemas,
en los que no hay que buscar ninguna
constancia fonética en la variabilidad
modulatoria a la que se aplica ese término,
sino el sistema sincrónico de los
acoplamientos diferenciales, necesarios para
el discernimiento de los vocablos en una
lengua dada. Por lo cual se ve que un elemento
esencial en el habla misma estaba predestinado
a moldearse en los caracteres móviles que,
Didots o Garamonds, atascados en las casas,
presentifican válidamente lo que llamamos la
letra, a saber la estructura esencialmente
localizada del significante.
Con la segunda propiedad del
significante de componerse según las Ieyes de
un orden cerrado, se afirma la necesidad del
sustrato topoíógico del que da una
aproximación el término de cadena significante
que yo utilizo ordinariamente anillos cuyo
collar se sella en el anillo de otro collar
hecho de anillos.
Tales son las condiciones de
estructura que determinan -como gramática- el
orden de las imbricaciones constituyentes del
significante hasta la unidad inmediatamente
superior a la frase; como léxico, el orden de
los englobamientos constituyentes del
significante hasta la locución verbal.
Es fácil, en los límites en que
se detienen estas dos empresas de aprehensión
del uso de una lengua, darse cuenta de que
solo las correlaciones del significante al
significane dan en ella el patrón de toda
búsqueda de significación, cómo lo señala la
noción de empleo de un taxema o de un antema,
la cual remite a contextos del grado
exactamente superior a las unidades
interesadas.
Pero no porque Ias empresas de
la gramática y del léxico se agoten en cierto
Iimite hay que pensar que la significación
reina más allá sin competencia. Sería un
error.
Porque el significante por su
naturaleza anticipa siempre el sentido
desplegando en cierto modo ante el mismo su
dimensión, Como se ve en el nivel de la frase
cuando se la interrumpe antes del término
signiacativo: Yo nunca.., En todo caso....
Aunque tal vez... No por eso tiene menos,
sentido, y tanto mas oprimente cuanto que se
basta para hacerse esperar (nota).
Pero no es diferente el
fenómeno que, hacíendola aparecer con eI único
retroceso de un pero bella cómo la Sulamita,
honesta como la rosera, viste y prepara a la
negra para las nupcias y a la pobre para la
subasta.
De donde puede decirse que es
en la cadena del significante donde el sentido
insiste, pero que ninguno de los elementos de
la cadena consiste en la significación de la
que es capaz en el momento mismo.
La noción de un deslizamiento
incesante del significado bajo el significante
se impone pues -la cual F. de Saussure ilustra
con una imagen que se parece a las dos
sinuosidades de las Aguas superiores e
inferiores en las miniaturas de los
manuscritos del Génesis. Doble flujo donde la
ubicación parece delgada por las finas rayas
de lluvia que dibujan en ella las líneas de
puntos verticales que se supone qué limitan
segmentos de correspondencia.
Contra esto va toda la
experiencia que me hizo hablar, en un momento
dado de mi seminario sobre las psicosis, de
las "bastas de acolchado" requeridas por ese
esquema para dar cuenta de la dominancia en
la transformación drástica que el diálogo
puede operar en el sujeto.
Pero Ia linealidad que F. de
Saussure considera como constituyente de Ia
cadena del discurso conforme a su emisión por
una sola voz, y a la horizontal en que se
inscribe en nuestra escritura, si es en efecto
necesaria no es suficiente. No se impone a Ia
cadena del discurso sino en Ia dirección en
que está orientada en el tiempo, estando
incluso tomada allí cómo factor significante
en todas las que [el plato golpea el vaso]
invierte su tiempo al invertir sus términos.
Pero basta con escuchar la
poesía, cómo era sin duda el caso de F. de
Saussure, para que se haga escuchar en ella
una polifonía y para que todo discurso
muestre alinearse sobre los varios
pentagramas de una partitura.
Ninguna cadena significante, en
efecto, que no sostenga como pendiendo de la
puntuación de cada una de sus unidades todo lo
que se articula de contextos atestiguados, en
la vertical, si así puede decirse, de ese
punto.
Así es cómo, para volver a
nuestra palabra: arbre ("árbol"), no ya en su
aislamiento nominal, sino en el término de una
de estas puntuaciones, veremos que no es
únicamente a favor del hecho de que la palabra
barre "barra" es su anagrama, como traspone la
barra del algoritmo saussureano.
Pues descompuesta en el doble
espectro de sus vocales y de sus consonantes
llama con el roble y con el plátano a las
significaciones con que se carga bajo nuestra
flora, de fuerza y de majestad. Drenando todos
los contextos simbólicos en los que es tomado
en el hebreo de la Biblia, yergue en una
colina sin frondas la sombra de su cruz.
Luego se reduce a la Y mayúscula del signo de
la dicotomía que, en la imagen que historia el
escudo de armas, no debería nada al árbol, por
muy genealógico que se pretenda: Arbol
circulatorio, árbol de vida del cerebelo,
árbol de Saturno o de Diana, cristales
precipitados en un árbol conductor del rayo,
¿es vuestra figura la que traza nuestro
destino en la escama quemada de la tortuga, o
vuestro relámpago el que hace surgir de una
innumerable noche esa lenta mutación del ser
en el "En IIanta"" del lenguaje:
¡No!, dice el Arbol, dice: ¡No!
en el centelleo
De su cabeza soberbia versos
que consideramos tan legítimos escuchados en
los harmónicos del árbol como su inverso:
Que la tempest trata
universalmente
como lo hace con una hierba
(nota)
Pues esta estrofa moderna, se
ordena según la misma ley del paralelismo del
significante, cuyo concierto rige la primitiva
gesta eslava y la poesía china más refinada.
Como se ve en el modo común del
ente donde son escogidos el árbol y la
hierba, para que en ellos advengan los signos
de contradicción del: decir ''¡No!" y del:
tratar cómo, y que a través del contraste
categórico del particularismo de la soberbia
con el universalmente de su reducción, termina
en la condensación de la cabeza y de la
tempestad el indiscernible centelleo del
instante eterno.
Pero todo ese significante, se
dirá, no puede operar sino estando presente en
el sujeto. A esto doy ciertamente satisfacción
suponiendo que ha pasado al nivell del
significado.
Porque lo que importa no es que
el sujeto oculte poco o mucho de ello. (Si
CABALLEROS y DAMAS estuviesen escritos en una
lengua desconocida para el muchachito y la
niña, su discusión no sería por ello sino más
exclusivamente discusión de palabras, pero no
menos dispuesta por ella a cargarse de
significación).
Lo que descubre esta estructura
de la cadena significante es la posibilidad
qué tengo, justamente en la medida en que su
lengua me es común con otros sujetos, es decir
en que esa lengua existe de utilizarla para
dignificar muy otra cosa que lo que ella dice.
Función más digna de subrayarse en la
palabra que la de disfrazar el pensamiento
(casi siempre indefinible) del sujeto: a
saber, la de indicar el lugar de ese sujeto en
la búsqueda de lo verdadero.
Me basta en efecto con plantar
mi árbol en la locución: trepar al árbol, e
incluso con proyectar sobre él la iluminación
irónica que un contexto de descripción da a la
palabra: enarbolar, para no dejarme encarcelar
en un comunicado cualquiera de los hechos, por
muy oficial que sea, y, si conozco la verdad,
daría a entender a pesar de todas las
censuras entre líneas por el único
significante que pueden constituir mis
acrobacias a través de las ramas del árbol,
provocativas hasta lo burlesco o únicamente
sensibles a un ojo ejercitado, según que
quiera ser entendido por Ia muchedumbre o por
unos pocos.
La función propiamente
significante que se describe así en el
lenguaje tiene un nombre Este nombre, lo hemos
aprendido en nuestra gramática infantil en la
página final donde la sombra de Quintiliano,
relegada en un fantasma de capítulo para hacer
escuchar últimas consideraciones sobre el
estilo, parecía precipitar su voz bajo la
amenaza del gancho.
Es entre las figuras de estilo
o tropos, de donde nos viene el verbo trobar,
donde se encuentra efectivamente ese nombre.
Ese nombre, es la metonimia.
De la cual retendremos,
únicamente el ejemplo que allí se daba:
treinta velas Pues Ia inquietud que provocaba
en nosotros por el hecho de que la palabra
"barco" que se esconde allí pareciese
desdoblar en presencia por haber podido, en
el resarcimiento mismo de este ejemplo, tomar
su sentido figurado, velaba menos esas
ilustres velas que la definición que se
suponía que ilustraban.
La parte tomada por el todo,
nos decíamos efectivamente, si ha de tomarse
en sentido real, apenas nos deja una idea de
lo que hay que entender de la importancia de
la flota que esas treinta velas sin embargo se
supone que evalúan: que un barco sólo tenga
una vela es en efecto el caso menos común.
En lo mal se ve que la conexión
del barco y de la vela no está en otro sitio
que en el significante y que es en esa
conexión, palabra a palabra donde se apoya la
metonimia.
Designaremos con ella la
primera vertiente del campo efectivo, que
constituye el significante, para que el
sentido tome allí su lugar.
Digamos la otra. Es la
metáfora. Y vemos a ilustrarla enseguida: el
diccionario Quillet me ha parecido apropiado
para proporcionar una muestra que no fuese
sospechosa de haber sido seleccionada, y no
busqué su relleno más allá del verso bien
conocido de Victor Hugo:
Sa gerbe de
n'était pas avare ni haineuse....
bajo el aspecto del cual
presenté la metáfora en el momento adecuado
de mi seminario sobre Ias psicosis.
Diríamos que la poesía moderna
y la escuela y la escuela surrealista nos han
hecho dar aquí un gran paso, demostrando que
toda conjunción de dos significantes sería
equivalente para constituir una metáfora, si
la condición de la mayor disparidad de las
imágenes significadas no se exigiese para la
producción de la chispa poética, dicho de otra
manera para que la creación metafórica tenga
lugar.
Ciertamente esta posición
radical se funda sobre una experiencia llamada
de escritura automática, que no habría sido
intentada sin la seguridad que sus pioneros
tomaban del descubrimiento freudiano. Pero
sigue estando marcada de confusión porque su
doctrina es falsa.
La chispa creadora de la
metáfora no brota por poner en presencia dos
imágenes, es decir dos significantes
igualmente actualizados. Brota entre dos
significantes de los cuales uno se ha
sustituido al otro tomando su lugar en la
cadena significante, mientras el significante
oculto sigue presente por su conexión
(metonímica) con el resto de la cadena.
Una palabra por otra, tal es la
fórmula de la metáfora, y si sois poeta,
producirais, como por juego, un surtidor
continuo, incluso un tejido deslumbrante de
metáforas. No teniendo además el efecto de
embriaguez del diálogo que Jean Tardieu
compuso bajo este título, sino gracias a la
demostración que se opera en éI de la
Superfluidad radical de toda significación
para una representación convincente de la
comedia burguesa.
En el verso de Hugo, es
manifiesto que no brota la menor Iuz por la
aseveración de que una gavilla no sea avara ni
tenga odio, por la razón de que no se trata de
que tenga el mérito cómo tampoco el demérito
de esos atributos, siendo el uno y el otro
junto con ella misma propiedades de Booz que
los ejerce disponiendo de ella, sin darle
parte en sus sentimientos.
Si una gavilla remite a Booz,
lo cual sin embargo es efectivamente el caso,
es por sustituirse a éI en la cadena
significante, en el lugar mismo que lo
esperaba, por haber sido realzada en un grado
gracias a la escombra de la avaricia y del
odio. Pero entonces es de Booz de quien la
gavilla ha hecho ese lugar neto, relegando
cómo lo está ahora en las tinieblas del fuera
donde la avaricia y el odio lo alojan en el
hueco de su negación.
Pero una vez que su gavilla ha
usurpado así su lugar, Booz no podría regresar
a él, ya que el frágil hilo de la pequeña
palabra su que lo une a él es un obstáculo mas
para ligar ese retorno con un título de
posesión que lo retendría en el seno de la
avaricia y del odio. Su generosidad afirmada
se ve reducida al menos que nada por la
munificencia de la gavilla que, por haber sido
tomada de la naturaleza, no conoce nuestra
reserva y nuestros rechazos, e incluso en su
acumulación sigue siendo pródiga para nuestra
medida.
Pero si en esta profusión el
donador ha desaparecido con el don, es para
resurgir en lo que radica la figura en la que
se ha anonadado. Pues es la irradiación de la
fecundidad -que anuncia la sorpresa que
celebra el poema, a saber, la promesa que el
viejo va a recibir en un contexto sagrado de
su advenimiento a la paternidad.
Es pues entre el significante
del nombre propio de un hombre y el que lo
cancela metafóricamente donde se produce la
chispa poética, aquí tanto más eficaz para
realizar la significación de la paternidad
cuanto que reproduce el acontecimiento mítico
en el que Freud reconstruyó la andadura, en el
inconsciente de todo hombre, del misterio
paterno.
La metáfora moderna no tiene
otra estructura. Por lo cual esta jaculatoria:
L'amour est
un caillou riant dans le soleil,
recrea el amor en una dimensión
que pude decir que me parecía sostenible,
contra su deslizamiento siempre inminente en
el espejismo de un altruismo narcisista.
Se ve que la metáfora se coloca
en el punto preciso donde el sentido se
produce en el sinsentido, es decir en ese paso
del cual Freud descubrió que, traspasado a
contrapelo, da lugar a esa palabra (mot) que
en francés es "le mot", por excelencia
[palabra o frase ingeniosa], la palabra que no
tiene allí más patronazgo que el significante
del espíritu o ingenio, y donde se toca el
hecho de que es su destino mismo lo que el
hombre desafía por medio de la irrisión del
significante.
Pero para regresar desde aquí,
¿qué encuentra el hombre en la metonimia, si
ha de ser algo más que el poder de rodear los
obstáculos de la censura social? Esa forma que
da su campo a la verdad en su opresión, ¿no
manifiesta acaso alguna servidumbre inherente
a su presentación?
Se leerá con provecho el libro
donde Léo Strauss, desde tierra clásica para
ofrecer su asilo a los que han escogido
Iibertad, medita sobre las relaciones del arte
de escribir con persecución. Circunscribiendo
allí de la manera más estrecha la especie de
con naturalidad que liga a este arte con esta
conexión, deja percibir ese algo que impone
aquí su forma, en efecto de la verdad sobre el
deseo.
Pero ¿no sentimos acaso desde
hace un momento que, por haber seguido los
caminos de la letra para alcanzar la verdad
freudiana, ardemos, que su fuego se prende por
doquier?
Sin duda la letra mata, cómo
dicen, cuando el espíritu vivifica. No lo
negamos, habiendo tenido que saludar aquí en
algún sitio a una noble víctima del error de
buscar en la letra, pero preguntamos también
cómo viviría sin la letra el espíritu. Las
pretensiones del espíritu sin embargo
permanacerían irreductibles si la letra no
hubiese dado pruebas de que produce todos sus
efectos de verdad en el hombre, sin que el
espíritu intervenga en ello lo más mínimo.
Esta revelación, fue a Freud a
quien se le presentó, y su descubrimiento lo
llamó el inconsciente.
II. La letra en el inconsciente
La obra completa de Freud nos
presenta una página de cada tres de
referencias filológicas, una página te cada
dos de referencias lógicas, y en todas partes
una aprehensión dialéctica de la experiencia,
ya que la analítica del lenguaje refuerza en
él más aun sus proporciones a medida que el
inconsciente queda más directamente
interesado.
Así es cómo en La
interpretación de los sueños no se trata
todas las páginas sino de lo que llamamos la
letra del discurso en su textura, en sus
empleos, en su inmanencia a la materia en
cuestión. Pues ese trabajo abre con la obra su
camino hacia el inconsciente. Y nos lo
advierte Freud, cuya confidencia sorprendida
cuando lanza ese libro hacia nosotros en los
primeros días de este siglo, no hace sino
confirmar lo que éI proclamó hasta el final:
en ese jugarse el todo por el todo de su
mensaje está el todo de su descubrimiento.
La primera cláusula articulada
desde el capítulo liminar, porque su
exposición no puede sufrir retraso, es que el
sueño es un rébus. Y Freud estipula acto
seguido que hay que entenderlo, como dije
antes, al pie de la letra. Lo cual se refiere
a la instancia en el sueño de esa misma
estructura literante (dicho de otra manera,
fonemática) donde se articula y analiza el
significante en el discurso. Tal como las
figuras no naturales del barco sobre el tejado
o del hombre con cabeza de coma expresamente
evocadas por Freud, las imágenes del sueño no
han de retenerse si no es por su valor de
significante, a decir por lo que permiten
deletrear del "proverbio" propuesto por el
rébus del sueño. Esta estructura de lenguaje
que hace posible la operación de la lectura,
está en el principio de la significación del
sueño, de la Traumdeutung.
Freud ejemplifica de todas las
maneras posibles que ese valor de significante
de la imagen no tiene nada que ver con su
significación, poniendo en juego los
jeroglíficos de Egipto en los que sería
ridículo deducir de la frecuencia del buitre
que es un aleph, o del pollito que es un vau,
para señalar una forma del verbo ser y los
plurales, que el texto interese en cualquier
medida a esos especímenes ornitológicos.
Freud encuentra cómo referirse a ciertos
empleos del significante en esa ecritura, que
están borrados en la nuestra, tales cómo el
empleo del determinativo, añadiendo el
exponente de una figura categórica a la
figuración literal de un término verbal, pero
es para conducirnos mejor al hecho de que
estamos en la escritura donde incluso el
pretendido "ideograma" es una letra.
Pero no se necesita la
confusión corriente sobre ese término para que
en el espíritu del psicoanalista que no tiene
ninguna formación lingüística prevalezca el
prejuicio de un simbolismo que se deriva de la
analogía natural, incluso de la imagen
coaptativa del instinto. Hasta tal punto que,
fuera de la escuela francesa que lo remedia,
es sobre la Iínea: ver en el poso del café no
es leer en los joroglíficos, sobre la que
tengo que recordarle sus principios a una
técnica cuyas vías nada podría justificar sino
el punto de mira del inconsciente.
Hay que decir que esto sólo es
aceptado trabajosamente y que el vicio mental
denunciado más arriba goza de tal favor que es
de esperarse que el psicoanálisis de hoy
admita que decodifica, antes que resolverse a
hacer con Freud las escalas necesarias
(contemplen de este lado la estatua de
Champollion, dice el guía) para comprender que
descifra: lo cual se distingue por el hecho de
que un criptograma sólo tiene todas sus
dimensiona cuando es el de una lengua perdida.
Hacer estas escalas no es sin
embargo más que continuar en la Traumdeutung.
La Entstellung, traducida:
transposición, en la que Freud muestra la
precondición general de la función del sueño,
es lo que hemos desiginado más arriba en
Saussure cómo el deslizamiento del significado
bajo el significante, siempre en acción
(inconsciente, observémoslo) en el discurso.
Pero las dos vertientes de la
incidencia del significante sobre el
significado vuelven a encontrarse allí.
La Verdichtung, condensación,
es la estructura de sobreimposición de los
significantes donde toma su campo la metáfora,
y cuyo nombre, por condensar en sí mismo la
Dichtung, indica la connaturalidad del
mecanismo a la poesía, hasta el punto de que
envuelve la función propiamente tradicional de
ésta.
La Verchiebung o
desplazamiento es, más cerca del término
alemán, ese viraje de la significación que la
metonimia demuestra y que, desde su aparición
en Freud, se presenta cómo el medio del
inconsciente más apropiado para burlar a la
censura.
¿Qué es lo que distingue a esos
dos mecanismos que desempeñan en el trabajo
del sueño, Traumarbeit, un papel privilegiado,
de su homóloga función en el discurso? Nada,
sino una condición impuesta al material
significante, llamada Rücksicht auf
Dastellbarkeit, que habría que traducir por:
deferencia a Ios medios de la puesta en escena
(la traducción por: papel de la posibilidad de
figuración, es aquí excesivamente aproximada).
Pero esa condición constituye una limitación
que se ejerce en el interior del sistema de
la escritura, lejos de disolverlo en una
semiología figurativa en la que se confundiría
con los fenómenos de la expresión natural. Se
podría probablemente iluminar con esto los
problemas de ciertos modos de pictografía, que
el único hecho de que hayan sido abandonados
como imperfectos en la escritura no autoriza
suficientemente a que se los considere cómo
estadios evolutivos. Digamos, que el sueño es
semejante a ese juego de salón en el que hay
que hacer adivinar a los espectadores un
enunciado conocido o sus variantes por medio
únicamente de una puesta en escena muda. El
hecho de que el sujeto disponga de Ia palabra
no cambia nada a este respecto, dado que para
el inconsciente no es sino un elemento de
puesta en escena cómo Ios otros. Es justamente
cuando el juego es igualmente el sueño
tropiecen con la falta de material taxiemático
para representar las articulaciones lógicas de
la causalidad, de la contradicción, de la
hipótesis, etc., cuando darán prueba de que
uno y otro son asunto de escritura y no de
pantomima. Los procedimientos sutiles que el
sueño muestra emplear para representar no
obstante esas articulaciones lógicas de manera
mucho menos artificial que la que el juego
utiliza ordinariamente, son objeto en Freud de
un estudio especial en el que se confirma una
vez más que el trabajo del sueño sigue las
leyes del significante.
El resto de la elaboración es
designado por Freud como secundario, lo cual
toma su valor de aquello de lo que se trata:
fantasías o sueños diurnos, Tagtraum para
emplear el término que Freud prefiere utilizar
para situarlos en su función de cumplimiento
del deseo (Wunscherfüllung).Su rasgo
distintivo, dado que esas fantasías pueden
permanecer inconscientes, es efectivamente su
significación. Ahora bien, de estos Freud nos
dice que su lugar en el sueño consiste o bien
en ser tomados en él a título de elementos
significantes para el enunciado del
pensamiento inconsciente (Traumgedanke) - o
bien en servir para la elaboración secundaria
de que se trata aquí, es decir para una
función, dice él, que no hay por que
distinguir del pensamiento de la vigilia (von
unserem wachen Denken nicht zu usterscheiden).
No se puede dar mejor idea de los efectos de
esta función que la de compararlos con placas
de jalbegue, que aquí y allá copiadas a la
plancha de estarcir, tenderían a hacer entrar
en la apariencia de un cuadro de tema los
clichés mas bien latosos en sí mismos del
rébus o de los jeroglíficos.
Pido excusas por parecer
deletrear yo mismo el texto de Freud; no es
solamente para mostrar lo que se gana
sencillamente con no amputarlo, a para poder
situar sobre puntos de referencia primeros,
fundamentales y nunca revocados, lo que
sucedió en el psicoanálisis.
Desde el origen se desconoció
el papel constituyente del significante en el
estatuto que Freud fijaba para el inconsciente
de buenas a primeras y bajo los modos
formales más precisos.
Esto por una doble razón, donde
la menos percibida naturalmente es que esa
formalización no bastaba por sí misma para
hacer reconocer la importancia del
significante, puesto que en el momento de la
publicación de la Traumdutung, se adelantaba
mucho a las formalizaciones de la lingüística
a las que sin duda podría demostrarse, que,
por su solo peso de verdad, les abrió el
camino.
La segunda razón no es después
de todo sino el reverso de la primera, pues si
los psicoanalistas se vieron exclusivamente
fascinados por las significaciones detectadas
en el inconsciente, es porque sacaban su
atractivo más secreto de la dialéctica que
parecía serles inmanente.
He mostrado para mi seminario
que es en la necesidad de enderezar los
efectos cada vez mas acelerados de esa
parcialidad donde se comprenden los virajes
aparentes, o mejor dicho los golpes de timón,
que Freud a través de su primera preocupación
de asegurar la sobrevivencia de su
descubrimiento con los primeros retoques que
imponía a los conocimientos, creyó deber dar a
su doctrina durante la marcha.
Pues en el caso en que se
encontraba, lo repito, de no tener nada que,
respondiendo a su objeto, estuviese en el
mismo nivel de madurez científica, por lo
menos no dejó de mantener ese objeto a la
medida de su dignidad ontológica.
El resto fue asunto de los
dioses y corrió tal suerte que el análisis
toma hoy sus puntos de referencia en esas
formas imaginarias que acabo de mostrar cómo
dibujadas en reserva sobre el texto que
mutilan, y que sobre ellas es sobre las que el
punto de mira del analista se conforma:
mezclándolas en la interpretación del sueño
con la liberación visionaria de la pajarera
jeroglífica, y buscando más generalmente el
control del agotamiento del análisis en una
especie de scanning de esas formas allí donde
aparezcan, con la idea de que estas son
testimonio del agotamiento de las regresiones
tanto cómo del remodelado de la "relación de
objeto" en que se supone que el sujeto se
tipifica.
La técnica que se autoriza en
tales posiciones puede ser fértil en efectos
diversos, muy difíciles de criticar detrás de
la égida terapéutica. Pero una crítica interna
puede desprenderse de una discordancia
flagrante entre el modo operatorio con que se
autoriza esta técnica -a saber, la regla
analítica cuyos instrumentos todos, a partir
de la "libre asociación" se justifican por la
concepción del inconsciente de su inventor-, y
el desconocimiento completo que aún reina de
esta concepción del inconsciente. Lo cual sus
defensores mas expeditivos creen resolver en
una pirueta: la regla analítica debe ser
observada tanto más religiosamente cuanto que
no es sino el fruto de un feliz azar. Dicho de
otra manera, Freud nunca supo bien lo que
hacía.
El retorno al texto de Freud
muestra por el contrario la coherencia
absoluta de su técnica en su descubrimiento,
al mismo tiempo que permite situar sus
procedimientos en el rango que les
corresponde.
Por eso toda rectificación del
psicoanálisis impone que se retorne a la
verdad de ese descubrimiento, imposible de
oscurecer en su momento original.
Pues en el análisis del sueño,
Freud no pretende darnos otra cosa que las
leyes del inconsciente en su extensión más
general. Una de las razones por las cuales el
sueño era lo más propicio para ello es
justamente, nos lo dice Freud, que no revela
menos esas leyes en el sujeto normal que en el
neurótico.
Pero en un caso cómo en eI otro
la eficiencia del inconsciente no se detiene
al despertar. La experiencia psicoanalítica no
consiste en otra cosa que en establecer que el
inconsciente no deja ninguna de nuestras
acciones fuera de su campo. Su presencia en el
orden psicológico, dicho de otra manera en las
funciones de relación del individuo, merece
sin embargo ser precisada: no es de ningún
modo coextensiva a éste orden, pues sabemos
que, si la motivación inconsciente se
manifiesta tanto por efectos psíquicos
conscientes cómo por efectos psíquicos
inconscientes, inversamente es una indicación
elemental hacer observar que un gran número de
efectos psíquicos que el término
"inconsciente", en virtud de excluir el
carácter de la consciencia, designa
legítimamente, no por ello dejan de
encontrarse sin ninguna relación por su
naturaleza con el inconsciente en el sentido
freudiano. Sólo por un abuso del término se
confunde pues psíquico e inconsciente en este
sentido, y se califica así de psíquico un
efecto del inconsciente sobre lo somático por
ejemplo.
Se trata pues de definir la
tópica de ese inconsciente Digo que es la
misma que, define el algoritmo S/s.
Lo que este nos permitió
desarrollar en cuanto a la incidencia del
significante sobre el significado permite su
transformación en
f(S) I/s
Fue de la copresencia no sólo
de los elementos de la cadena significante
horizontal, sino de sus contigüidades
verticales, en el significado, de las que
mostramos los efectos repartidos según dos
estructuras fundamentales en la metonimia y en
la metáfora. Podemos simbolizarlas por:
f(S....S')
S@S (-) s,
o sea, la estructura
metonímica, indicando que es la conexión del
significante con el significante la que
permite la elisión por la cual el significante
instala la carencia de ser en la relación de
objeto, utilizando el valor de remisión de la
significación para llenarlo con el deseo vivo
que apunta hacia esa carencia a la que
sostiene. El signo - situado entre ( )
manifiesta aquí el mantenimiento de la barra
-, que en el primer algoritmo marca la
irreductibilidad en que se constituye en las
relaciones del significante con el significado
la resistencia de la significación (nota)
He aquí ahora:
f (S'/S ) S
@ S (+) s,
Ia estructura metafórica
indicando que es en la sustitución del
significante por el significante donde se
produce un efecto de significación que es de
poesía o de creación, dicho de otra maniera de
advenimiento de la significación en cuestión.
El signo + colocado entre ( ) manifiesta aquí
el franqueamiento de la barra - y el valor
constituyente de ese franqueamiento para la
emergencia de la significación.
Este franqueamiento expresa la
condición de paso del significante al
significado cuyo momento señalé mas arriba
confundiéndolo provisionalmente con el lugar
del sujeto.
Es en la función del sujeto,
así introducida, en la que debemos detenernos
ahora, porque está en el punto crucial de
nuestro problema.
Pienso luego existo (cogito
ergo sum), no es sólo la fórmula en que se
constituye, con el apogeo histórico de una
reflexión sobre las condiciones de la ciencia,
el nexo con la transparencia del sujeto
trascendental de su afirmación existencial.
Acaso no Hay sino objeto y
mecanismo (y por lo tanto nada mas que
fenómeno), pero indudablemente en cuanto que
lo pienso, existo -absolutamente. Sin duda los
filósofos habían aportado aquí importantes
correcciones, y concretamente la de que en
aquello que piensa (cogitans) nunca hago otra
cosa a sino constituirme en objeto (cogitatum).
Queda el hecho de que a través de esta
depuración extrema del sujeto trascendental,
mi nexo existencial con su proyecto parece
irrefutable, por lo menos bajo la forma de su
actualidad, y de que:
"cogito ergo
sum" ubi cogito, ibi sum,
Por supuesto, esto me limita a
no ser allí en mi ser sino en la medida en
que pienso que soy en mi pensamiento; en que
medida lo pienso verdaderamente es cosa que
sólo me concierne a mi, y, si lo digo, no
interesa a nadie.
Sin embargo, eludirlo bajo el
pretexto de su aspecto filosófico es
simplemente dar pruebas de inhibición. Pues la
noción de sujeto es indispensable para el
manejo de una ciencia cómo la estrategia en
el sentido moderno, cuyos cálculos excluyen
todo "subjetivismo".
Es también prohibirse la
entrada a lo que puede llamarse el universo de
Freud, como se dice el universo de Copérnico.
En efecto, es a la revolución llamada
copernicana a la que Freud comparaba su
descubrimiento, subrayando que estaba en juego
una vez más el lugar que el hombre se asigna
en el centro de un universo.
¿Es el lugar que ocupo como
sujeto del significante, en relación con el
que ocupo cómo sujeto del significado,
concéntrico o excéntrico? Esta es la cuestión.
No se trata de saber si hablo
de mí mismo de manera conforme con lo que soy
sino si cuando hablo de mí, soy el mismo que
aquel del que hablo. No hay aquí ningún
inconveniente en hacer intervenir el término
"pensamiento" que Freud designa como ese
término los elementos que están en juego en el
inconsciente; es decir los mecanismos
significantes que acabo de reconocer en él.
No por eso es menos cierto que
el cogito filosófico está en el núcleo de ese
espejismo que hace al hombre moderno tan
seguro de ser él mismo en sus incertidumbres
sobre sí mismo, incluso a través de la
desconfianza que pudo aprender desde hace
mucho tiempo a practicar en cuanto a las
trampas del amor propio.
Así pues, si volviendo contra
la nostalgia a la que sirve el arma de la
metonimia, me niego a buscar ningún sentido
más allá de la tautología, y si, en nombre de
"la guerra es la guerra!" y "un centavo es un
centavo" me decido a no ser mas que lo que
soy, ¿cómo desprenderme aquí de la evidencia
de que soy en ese acto mismo?
Tampoco yendo al otro polo,
metafórico, de la búsqueda significante y
consagrándome a convertirme en lo que soy, a
venir al ser, puedo dudar de que incluso
perdiéndome en ello, soy.
Ahora bien, es en esos puntos
mismos donde la evidencia va a ser subvertida
por lo empírico, donde reside el giro de la
conversión freudiana.
Ese juego significante de la
metonimia y de la metáfora, incluyendo y
comprendiendo su punta activa que clava mi
deseo sobre una carencia de ser y anuda mi
suerte a la cuestión de mi destino, ese juego
se juega, hasta que termine la partida, en su
inexorable finura, allí donde no soy porque
no puedo situarme.
Es decir que son pocas las
palabras con que pude apabullar un instante a
mis auditores: pienso donde no soy, luego soy
donde no pienso. Palabras que hacen sensible
para toda oreja suspendida en qué ambigüedad
de hurón huye bajo nuestras manos el anillo
del sentido sobre la cuerda verbal (nota).
Lo que hay que decir es: no
soy, allí donde soy el juguete de mi
pensamiento; pienso en lo que soy, allí donde
no pienso pensar.
Este misterio con dos caras se
une al hecho de que la verdad no se evoca sino
en esa dimensión de coartada por la que todo
"realismo" en la creación toma su virtud de la
metonimia, así cómo a ese otro de que el
sentido solo entrega su acceso al doble codo
de la metáfora, cuando se tiene su clave
única: la S y la s del algoritmo saussureano
no están en el mismo plano, y el hombre se
engañaba creyéndose colocado en su eje común
que no está en ninguna parte.
Esto por lo menos hasta que
Freud hizo su descubrimiento. Pues si lo que
Freud descubrió no es esto exactamente, no es
nada.
Los contenidos del inconsciente
no nos entregan en su decepcionante
ambigügedad ninguna realidad más consistente
en el sujeto que lo inmediato es de la verdad
de la que toman su virtud, y en la dimensión
del ser:. Kern unseres
Wesen, los términos están en Freud.
El mecanismo de doble gatillo
de la metáfora es el mismo donde se determina
el síntoma en el sentido analítico. Entre el
significante enigmático del trauma sexual y el
término al que viene a sustituirse en una
cadena significante actual, pasa la chispa,
que fija en un síntoma -metáfora donde la
carne o bien la función están tomadas cómo
elementos significantes- la significación
inaccesible para el sujeto consciente en la
que puede resolverse.
Y los enigmas que propone el
deseo a toda "filosofía natural", su frenesí
que imita el abismo del infinito, la colusión
íntima en que envuelve el placer de saber y el
de dominar con el gozo, no consisten en ningún
otro desarreglo del instinto sino en su
entrada: en los rieles -eternamente tendidos
hacia el deseo de otra cosa—de la metonimia.
De donde su fijación "perversa" en el mismo
punto de suspensión de la cadena significante
donde el recuerdo encubridor se inmoviliza,
donde la imagen fascinante del fetiche se hace
estatua.
No hay ni ningún otro medio de
concebir la indestructibilidad del deseo
inconsciente -cuando no hay necesidad que, al
ver que se le prohibe su sociedad, no se
resquebraje, en caso extremo por la consunsión
del organismo mismo. Es en una memoria,
comparable a lo que se llama con este nombre
en nuestras modernas máquinas de pensar
(fundadas sobre una realización electrónica de
la composición significante), donde reside esa
cadena que insiste en reproducirse en la
transferencia, y que es la de un deseo muerto.
Es la verdad de lo que ese
deseo fue en su historia lo que el sujeto
grita por medio de su síntoma, cómo Cristo
dijo que habrían hecho las piedras si los
hijos de Isrsel no les hubiesen dado su voz.
Esta es también ,la razón de
que sólo, el psicoanálisis permita
diferenciar, en Ia memoria, la función de la
rememoración. Arraigado en el significante,
resuelve, por el ascendiente de la historia en
el hombre, las aporías platónicas de la
reminiscencia.
Basta con leer los tres ensayos
sobre Una teoría sexual, recubiertos para las
multitudes por tantas glosas pseudobiológicas,
para comprobar que Freud hace derivar toda
entrada en el objeto de una dialéctica del
retorno.
Habiendo partido así del nostoz
hölderliniano, es a la repetición
kierkegaardiana adonde Freud llegará menos de
veinte años más tarde, es decir que su
pensamiento, por haberse sometido en su origen
a las únicas consecuencias humildes pero
inflexibles de la talking cure, no pudo
desprenderse nunca de las servidumbres vivas
que, desde el principio regio del Logos, lo
condujeron a pensar de nuevo las antinomias
mortales de Empédocles.
¿Y cómo concebir, sino sobre
ese "otro escenario" del que él habla cómo del
lugar del sueño, su recurso de hombre
científico a un Deus ex machina menos
irrisorio por el hecho de que aquí se revela
al espectador que la máquina rige al regidor
mismo? Figura obscena y feroz del padre
primordial, inagotable en redimirse en eI
eterno enceguecimiento de Edipo, ¿cómo pensar,
sin